miércoles, 25 de agosto de 1999

Abuelos













Muchos años hace que te fuiste,
mi querido y fiel abuelo.
Y esa huella que dejaste,
nunca la ha borrado el tiempo.

Abuelo Antonio José,
jumillano fiel y auténtico.
Tu figura de hombre bueno,
con tu bastón en la mano,
y tu blusa de merino,
con tu pantalón de rayas,
el chaleco
y el reloj en el bolsillo.
Los alpargates de cinta,
y ese pañuelico a cuadros...

Cierro los ojos y veo
ese andar firme y sereno,
aunque un poquito oscilante
por debilidad en tus huesos.
En tu cara una sonrisa
de amabilidad y respeto.
Y esa señal que lucía
tu despoblada cabeza,
según decías fue un día
que alguien te dio sin querer
un golpe con un hacha,
¡gracias a Dios no certera!
Abuelo nunca olvidabas
que aquel día martes era,
y al mercado te acercabas
a comprar los caramelos
rulones y de colores
que a los nietos
tú nos dabas.

“¡Deme usted un caramelico!
Ya te lo di, que me engañas.

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Abuela María,
que pena yo siento
por no conocerte.

También yo te quiero,
aunque no pudiera
a ti nunca verte.

Hasta otro día


Las sombras de la mañana me acobijaban,
y en el cielo el sol iluminaba el camino.

Los mismos pensamientos me acompañan;
otra vez iba a veros, me decía,
y con esa esperanza yo caminaba.


Más llego a la puerta y me estremezco,
pues como siempre... no puedo veros.
Sólo puedo leer vuestros nombres
escritos un una piedra negra y fría.
Estoy aquí delante de vuestra tumba
y no puedo abrazaros ni daros besos;
sólo a mi me consuela poder rezaros.
Una Salve a María y un Padre Nuestro...
después me vuelvo como otros días
llevando conmigo vuestros recuerdos;
vuelvo caminando y como siempre
mi pensamiento dice volveré a veros:

Hasta otro día.

Camino de la Jimena

Las estrellas en el cielo
el fresco de la mañana
y el carro bien preparado
para emprender la marcha;
la mula termina el pienso
tranquilamente en la cuadra.

Los capazos en las bolsas,
en la “aguaera” el botijo,
el cesto de comida lleno
y el tablero del carro
mi padre, bien nos prepara
unos cómodos asientos
para hacer mejor camino.

Mi madre, mi hermano y yo,
el mulero de nombre “Mariano”
y también esa mujer tan valiente
que se llamaba Pascuala,
mujer muy trabajadora,
que no se dormía en las ramas.

Mi padre era albañíl
y si en ese momento
la faena flojeaba,
también venía a vendimiar
algún obrero.
Yo recuerdo ...
al “Calabrés” o a Pepe o a Miguel ...

Más montados en el carro
desde la calle Carretas
que era donde yo vivía
recuerdo allá en la esquina
en la carretera de Yecla
una “perica” alumbrando;
no había más...
Eran los años cincuenta.

El camino era largo
y al paso de las mulas
llegamos a la Jimena.
Y las cepas bien hermosas
por que entonces sí llovía
en Jumilla,
que es tierra de secano
buenas cosechas había.

Cuánto habéis madrugado
parece que nos decían
pues al llegar al bancal
iba despuntando el día.

Y ese olor a hierva fresca
y esos pámpanos mojados
y esas gotas de rocío,
en esas uvas blancas, negras,
y esas de color violeta
de algamía se llamaban,
la delicia de las mesas.
Las negras de monastrell
de donde nace ese vino,
ese vino, de mi tierra.

Por entonces, del secano se vivía,
se sembraban los bancales
y se recogían los granos
con las lluvias que caían.

Algún año apederaba
se perdían las cosechas
más la tierra se calaba.
¿Y qué es lo que pasa ahora?
¿Qué intereses hay ocultos?
¿Y quién domina las nubes
para que aquí nunca llueva?
Que no me digan a mi
que no hay poder ni maldad
que no hay intereses creados
que piensan en uno mismo
y olvidan a los demás.
¡No son ciclos naturales!
Es la avaricia de unos pocos
que nunca piensan jamás
en lo que habrá de venir
a no mucho que esperar.

No sé a quien yo pidiera
este problema arreglar ...
Repasando las conciencias,
quizás se pueda encontrar
la solución a este drama,
de nuestros campos secanos
que se mueren sin piedad.
Desarrollado está el mundo
más no existe la igualdad
el poder es el que triunfa
a costa de los demás.

Para vivir no hace falta
tanta riqueza amasar
si al final aquí se queda,
no te la puedes llevar.

“Yo recuerdo aquellos años
en los que pocas cosas había
y que éramos felices;
con la brisa mañanera,
con las lluvias que caían,
con las gotas del rocío
y el olor a hierba fresca,

¡CAMINO DE LA JIMENA!”